Testimonios de socios de Otras Memorias

«Para que no se nos atragante la comida» de Cheli Caravante, socia de Otras Memorias.

La siguiente nota es una carta a los lectores que escribió y envió mi hijo Andrés a los diarios «Rosario 12» y «La Capital» el día lunes 28/2, la cual aún no fue publicada en ninguno de los dos periódicos. Como la bronca aún nos invade y considerando que mañana es el día internacional de la mujer trabajadora, en contra del trabajo infantil, en honor a esa niña trabajadora, futura mujer, representante de tantos alumnos que tuve en mis aulas, la envío a todos mis amigos con el objeto de que no quede en el olvido (con el consentimiento de mi hijo, el negro Andrés).

Se viven tiempos raros, debe ser una de las pocas cosas en la que acordamos. Y raros mal, gran parte de las veces. Una de las causas del malestar general, planteado desde los medios y expresado a gritos – como si estuviera de moda – por una porción de la sociedad, es la “inseguridad”.

La inseguridad es violencia, en eso también estamos totalmente de acuerdo. Para algunos la inseguridad es sólo la suya, la imposibilidad de salir a la calle sin que nos roben, en “qué nos hemos convertido señora…”, “esto antes no pasaba…” Pero no, más allá de los comentarios de almacén y del sensacionalismo lobotomizante y berreta de muchos noticieros, lamento informarles que la inseguridad no es sólo de algunos. La inseguridad es de todos.

Vamos al grano: el domingo por la noche como de costumbre estábamos cenando con mi familia en una tradicional parrilla rosarina, cuyo nombre hace referencia a la hermosa glorieta cubierta de frondosas enredaderas de su patio, cuando una niña de no más de 8 años (quizás más, ya que es probable que estuviera mal alimentada y pareciera menor), posiblemente de origen toba, se acercó a nuestra mesa para ofrecernos una artesanía (lechucitas de arcilla). Nada nuevo hasta ahí, es un hecho que nos incomoda, pero al que sin embargo como cotidiano, lo vivimos como “normal”, “corriente”…(es terrible “acostumbrarse”).
A mí, particularmente, me incomoda (léase me duele) que esa criatura, al igual que muchísimas otras, deba hacer eso para sobrevivir. Un montón me incomoda, se los confieso.

Resulta que al dueño (al menos así lo vociferó) del restaurant , ubicado en la esquina de Balcarce y Wheelwright, coincidentemente también le incomoda la situación. Pero desde otra lógica muy distinta: a él lo violenta que esas niñas pisen su establecimiento, quisiera no verlas, que no existan directamente. Y es tal la incomodidad que le genera esto, que recurre al maltrato y la violencia lisa y llana para echar a estos pequeños.

Descaro, poco tacto, insensibilidad vergonzante, mala educación y una visible falta de inteligencia, son algunos atributos que pudimos atestiguar en este hombre, que poco tenía de señor, a pesar de que mi viejo así lo llamó al dirigirse a él.

El primer argumento que nos arrojó cuando mis viejos, mi hermana, mi cuñado y yo le solicitamos que la tratara bien fue”la inseguridad” Huelga aclarar que luego de su violenta y poco afortunada reacción, armamos el escándalo consiguiente (y a mucha honra) en defensa de esa criatura que representaba a todas las criaturas de nuestra ciudad y nuestro país que viven a diario esa situación.

“-Esas personas son las que agarran un revolver y te pegan un tiro-“ continuaba argumentando a los gritos al referirse a esa niñita que sólo vendía lechucitas a las 11 de la noche de un día domingo…. Debemos reconocer que una caja de zapatos sin tapa llena lechuzas de barro son verdaderamente peligrosas y atemorizantes….

Cuando la inseguridad es el argumento para el peor de los tratos, cuando se pierde el respeto a la vida más inocente, cuando educamos a los más necesitados predicando igualdad de oportunidades pero luego los maltratamos… ¿Tenemos derecho después a quejarnos? ¿Quién vela por la seguridad de la nena, que siendo las 23 hs de un domingo, estaba vendiendo artesanías en plena calle? ¿Quién responde por la inseguridad de esa nena?

Y es hora de que nos preguntemos seriamente: ¿Hasta dónde no somos nosotros mismos – la clase media quejosa e intolerante – los responsables de germinar más violencia e inseguridad con actitudes como la de este hombre, desplazando, juzgando, discriminando, negando el respeto, faltando a la dignidad que cualquier ser vivo merece?

Nosotros no volveremos a cenar nunca más allí. El dueño (¿?) no se olvidará nunca más del lío que hicimos. Y algo más difícil aún: ojalá que la nena no vuelva tampoco nunca más a ser tratada de esa manera y que también ella pueda tener la porción de “seguridad” que tanto reclamamos para nosotros mismos. Ese sigue siendo mi deseo.

Andrés Manuel Magariños

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